El patíbulo

Había sido golpeado brutalmente, al punto que casi le dieron muerte. Sin embargo, levantaba su cruz con todas sus fuerzas mientras caminaba por las sucias calles.
Confiaba en que todo pasaría pronto, que todo lo que había pasado no sería en vano y que las consecuencias de sus actos estarían forjadas de amor.
Lloraba desconsoladamente mientras veía a su madre acercársele, pero sin tocarle, sin sentir esa cálida mano que le brindaría agua, una palabra reconfortante o ayuda.
Cuando llegó al punto en el que estaba seguro que moriría, soltó la cruz y la dejó en el suelo, mientras esperaba tranquilamente el golpe final. Pero una voz que parecía eterna lo sacó de sus meditaciones, “¡Oye, ven aquí!, ¿acaso estás loco? Este callejón es el infierno de noche”.
Miró desde donde provenía la voz. Era una pequeña ventana en la que estaba mirando un joven. Le contestó entonces: “Este es mi destino, mi cruz”.
“¡No digas estupideces!”, contestó el joven, “Ven conmigo y sálvate”.
“No voy a seguirte, así que date la vuelta y no vuelvas”, respondió.
El joven entonces obedeció y ni su sombra se volvió a ver.
Su madre volvió a su mente. La veía reír, llorar, hablar, dormir, gritar, cantar, pensar, pero siempre con esa barrera, esa distancia, esa falta de tacto que se hacía tan necesaria.
Un ruido trajo de vuelta su mente extraviada. El cuchillo había sido clavado con fuerza en su abdomen, en su costado derecho, sin que se diera cuenta. Otro grito se posó entonces en su oído antes de morir: “Vete al infierno”.
Confiaba en que todo pasaría pronto, que todo lo que había pasado no sería en vano y que las consecuencias de sus actos estarían forjadas de amor.
Lloraba desconsoladamente mientras veía a su madre acercársele, pero sin tocarle, sin sentir esa cálida mano que le brindaría agua, una palabra reconfortante o ayuda.
Cuando llegó al punto en el que estaba seguro que moriría, soltó la cruz y la dejó en el suelo, mientras esperaba tranquilamente el golpe final. Pero una voz que parecía eterna lo sacó de sus meditaciones, “¡Oye, ven aquí!, ¿acaso estás loco? Este callejón es el infierno de noche”.
Miró desde donde provenía la voz. Era una pequeña ventana en la que estaba mirando un joven. Le contestó entonces: “Este es mi destino, mi cruz”.
“¡No digas estupideces!”, contestó el joven, “Ven conmigo y sálvate”.
“No voy a seguirte, así que date la vuelta y no vuelvas”, respondió.
El joven entonces obedeció y ni su sombra se volvió a ver.
Su madre volvió a su mente. La veía reír, llorar, hablar, dormir, gritar, cantar, pensar, pero siempre con esa barrera, esa distancia, esa falta de tacto que se hacía tan necesaria.
Un ruido trajo de vuelta su mente extraviada. El cuchillo había sido clavado con fuerza en su abdomen, en su costado derecho, sin que se diera cuenta. Otro grito se posó entonces en su oído antes de morir: “Vete al infierno”.





