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4/25/2007

El patíbulo


Había sido golpeado brutalmente, al punto que casi le dieron muerte. Sin embargo, levantaba su cruz con todas sus fuerzas mientras caminaba por las sucias calles.
Confiaba en que todo pasaría pronto, que todo lo que había pasado no sería en vano y que las consecuencias de sus actos estarían forjadas de amor.
Lloraba desconsoladamente mientras veía a su madre acercársele, pero sin tocarle, sin sentir esa cálida mano que le brindaría agua, una palabra reconfortante o ayuda.
Cuando llegó al punto en el que estaba seguro que moriría, soltó la cruz y la dejó en el suelo, mientras esperaba tranquilamente el golpe final. Pero una voz que parecía eterna lo sacó de sus meditaciones, “¡Oye, ven aquí!, ¿acaso estás loco? Este callejón es el infierno de noche”.
Miró desde donde provenía la voz. Era una pequeña ventana en la que estaba mirando un joven. Le contestó entonces: “Este es mi destino, mi cruz”.
“¡No digas estupideces!”, contestó el joven, “Ven conmigo y sálvate”.
“No voy a seguirte, así que date la vuelta y no vuelvas”, respondió.
El joven entonces obedeció y ni su sombra se volvió a ver.
Su madre volvió a su mente. La veía reír, llorar, hablar, dormir, gritar, cantar, pensar, pero siempre con esa barrera, esa distancia, esa falta de tacto que se hacía tan necesaria.
Un ruido trajo de vuelta su mente extraviada. El cuchillo había sido clavado con fuerza en su abdomen, en su costado derecho, sin que se diera cuenta. Otro grito se posó entonces en su oído antes de morir: “Vete al infierno”.

4/20/2007

Así es la cosa


Este fragmento sucede en Barcelona, durante el apogeo del boom latinoamericano:

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"Una vez fuimos a un restaurante con los García Márquez, los Fuentes, los Cortázar, los Vargas Llosa. Era uno de esos lugares donde uno debe escribir qué desea comer. Nos sentamos y nos pusimos a conversar de inmediato, sin prestar atención al dueño del lugar que, después de esperar un rato, se acercó a nuestra mesa y dijo en voz muy alta: "¿No hay nadie aquí que sepa escribir?"


Claves de un delirio: los trazos de la memoria en la gestación de El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso

4/15/2007

Poesía para antes de morir


Por la tupidas calles de la ciudad se escurre una figura,
Una triste sombra que se mueve entre las luces neón.
Triste, pero enternecedora a la vista.
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Las manos en los bolsillos,
El paso ligero,
La nostalgia en su mente.
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Camina bajo las luces nocturnas
Mientras fuma un cigarrillo
E intenta no tropezar con las veredas.

Lleva un pequeño libro bajo el brazo
que a ratos mira de reojo
como si dudara de su existencia.

Entra a un bar y gira la cabeza
Ahí las luces le saludan
Y en la barra una joven le cierra un ojo.

La madera rechina,
se rozan suavemente los vasos
y el humo entra en sus pulmones.
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Se sienta a su lado y pide alcohol,
Abre el libro y lo deja sobre la mesa,
Lleva a su boca el vaso y solo se moja los labios.

Ella, vestida de verano,
De pelo negro y suelto
Y de lindos ojos verdes.

Otro trago y lee un estracto:
"Deja el vaso y háblale", termina el párrafo.
La mira, ella a él.

Él le ofrece un cigarrillo.
Más habría sido rudo,
Aunque hubiera sido amor del bueno.

Ella lo rechaza,
si lo hubiera aceptado
la habría tildado de fácil.

¿Cómo te va?, pregunta él.
Silencio.
No incómodo, sino relativo.

Ella en silencio contemplativo,
Él se aburre rotundamente.
El vaso solitario observa.

Ella lo besa apasionadamente
Y él se deja.
El libro aplaude con sus carácteres mal impresos.

El vaso cae de la cama
Y ella, sin más, se levanta y se va.
Él la ve partir lleno de inocencia.

Él pone un gastado billete sobre la mesa,
Cierra el libro
Y saca un cigarrillo mientras saluda de vuelta a las luces.

4/11/2007

La noche


La luz del día decae suavemente, alargando las sombras de nuestras almas nuevamente.

Me invita a permanecer en ella, dentro de la oscuridad.

Tu belleza apasiona los corazones y acoge hasta al más débil.

Sí, tu belleza fría y suave.


Las estrellas y la luna te acompañan en tu canto de lamentos eternos,

Te compadecen por permanecer en un dolor silencioso,

Adoran tu hermosura y te brindan tributo con sus tenues luces, brindando esperanza al torturado,

Te acarician al ver tus lágrimas y al conocer tu amargo destino.


Tu manejas todo con sutil misterio que nos envuelve, nos llena de nosotros mismos,

Tu ordenas humildemente al destino para permanecer,

Tu tristeza eterna nos muestra lo irremediable, nuestros pesares,

Tu paso lento pero imborrable nos ha marcado por siempre.


Dulce y gloriosa noche;

Bríndanos de la oscuridad, la representación estética del dolor y la miseria,

No nos abandones para el descanso,

Y muéstranos tu tristeza eterna, para comprender nuestras vidas y acompañarte en tu muerte.

4/02/2007

Melancolía


Triste compañera del recuerdo dolido
Ardua trabajadora de la desesperación
Amiga inevitable de la soledad
Tu presencia es eterna

Lágrima helada que se congela al caer
Carga en los hombros de la humanidad
Delicada en tus acciones
Destructora en tus consecuencias

Te miraré infinitamente
Pues entregas fuerzas
Contra esa oscuridad
Que intenta destruirnos
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El dibujo se llama "Melancolía I", su autor es Durero. Acerca de esta, Alexander Roob dice en su Museo Hermético: "Los neoplatónicos de Florencia ensalzaban la “bilis negra” (melan: negro, colía: bilis) del temperamento llamado saturnino como una disposición de ánimo propensa a estimular el genio y el conocimiento profundo del ser".