Breve ensayo acerca del pensamiento de algunos eruditos del barroco acerca de la muerte
La muerte se convierte en un tema recurrente en el barroco: todo se basa en el poco tiempo que nos queda en la vida y en que las cosas materiales y los conceptos e ideas intelectuales no sirven de nada al final del camino, por lo que pierden su valor durante nuestra existencia, ya que no tendrían sentido alguno. Así lo afirma Andrea Gryphius quien

escribió: “Todo cuanto apreciamos. Es sombra, viento, polvo…” porque “No hay nada, pues, eterno, ni mármol, ni metal.”
Todas las obras artísticas de la época, tanto como la pintura, la música y la literatura están cargadas de cierto pesimismo realista que se centra en la pérdida de la vida y de la angustia antes de llegar a ese momento, así por ejemplo lo explica Abraham Cowley: “…todos somos, por desgracia, iguales ante la muerte” o como escribió Pedro Calderón de la Barca: “La muerte siempre es temprana y no perdona a ninguno”
[1].
La idea del Vanitas Vanitatum (Vanidad de Vanidades) es que la muerte supera todo (tanto vanidad como conocimiento) y es imposible luchar contra ella. Aquellos que siguen esta idea consideran que hay que regresar a lo esencial y seguir un camino ascético, pues nada más vale la pena, lo que puede ser interpretado desde otro punto de vista como una visión pesimista de la vida. Aquí otra cita de Abraham Cowley se hace ilustrativa ya que tiene una clara idea de ascetismo: “Deja que mi vida transcurra sin el menor ruido mientras se desliza por el tiempo que la controla”.
Una frase que se contrapone a ésta idea ascética de no conseguir ni fama, ni renombre y de abandonar todo aquello que es “vanidad” es la de Leonardo Da Vinci que dice: “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte.”
[2] Aquí podemos notar que para Da Vinci la vida consistía en aprovecharla en todos sus aspectos para morir sabiendo que algo has dejado de legado a las nuevas generaciones y así tu muerte se vuelva “dulce”.