Sentí que soñaba
Renació, lloró, rió y se quedó con su deseo, el que le seguiría, cuidaría y le daría razones de vida.
Los besos, la alegría, la certeza, los caminos unidos, la decisión y la declaración. Además se sumó la nueva visión del mundo, el amplio salón del tiempo, le destrucción del minotauro y el regreso a la libertad.
La belleza era tal que lo dominaba por completo, todo era tan preciso, tan exacto y tan certero, que nada le parecía real. Sin embargo, mientras lo sintiera, todo era un canto armonioso que esperaba que no tuviera fin.
Su reencuentro con las plumas, los papiros, la poesía, su propia intención de dejar de emular al pie de la letra a Lipponen y la conjugación de los distin
tos autores de su vida (lo mejor de cada cual).
El nuevo hogar, las mañanas y el café dulce. Los cigarrillos compartidos y las horas de conversación a pie descalzo en el balcón.
Juntos decidieron encarnar su amor y un tiempo después sintieron la voz de un primogénito corriendo por los amplios pasillos de la felicidad.
El destino desenredado que sentían conocer y los problemas que no destruyeron las bases de sus existencias. La ardua lucha por continuar, el apoyo recíproco, la invitación al ángel de la guarda, los celos sanos y el vuelo emigrante del ave fénix (su misión ya se había cumplido a cabalidad).
Alucinaban con el futuro, no era para menos, habían vencido las terribles garras de la bestia que atormentaba la mente del poeta renacido.
Una noche fueron a dejar a dormir a la continuación de sus vidas, la punta del río que comenzaba con sus ascendencias. Ambos le miraron, lo vieron dormir, se sonrieron y Rodríguez besó su deseo. Probablemente el que yace descansando en el futuro tendrá que superar sus propios laberintos mentales.
Vivió, sintió y también sintió que soñaba. Las lágrimas derramadas no fueron en vano. Sólo ella supo de su travesía y el silencio fue su respuesta. No había nada más que decir. Nada importaba: estaban juntos…


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