Sentí que soñaba
Onírico
Despertó en su pieza: - Estaba soñando.- Se dijo convencido e inmediatamente se levantó de su cama, agarró el abrigo que colgaba a la entrada de su departamento y salió corriendo hacia aquel café de moda que imitaba el estilo francés.
Al llegar a “Eugenio Lipponen” verificó que no hubiera ninguna luz delantera de alguna camioneta. Cruzó, entró al café, la vio sentada frente a una taza vacía y mirando por la ventana, se acercó a ella y puso una mano en su hombro. Ella no le dijo nada, él le tomó la mano.
Ipso facto entendió que efectivamente estaba soñando, pues aparecieron juntos -apenas tomó su mano- desnudos de pie en un dormitorio, al lado de la cama. Se miraban cara a cara. Él aprovechándose de que todo era un sueño, se le acercó, pero ella lo abofeteó y le dijo con voz resentida: - Tú creaste tus propios laberintos mentales Alberto, ahora tienes que liberarte de ellos.
No entendió qué quería decir con eso, pero ya que había fracasado en su intento de amar, decidió brindarse la libertad para manipular la realidad que lo circundaba: Quería volar. Saltó lo más que pudo y al estar suspendido en el aire, de su espalda surgieron dos alas de ángel.
Salió por la ventana y sobrevoló las calles de su vida, vio las luces que le saludaban y respiró el viento. Se sintió Dios. Entonces una daga se enterró en su espalda, sus alas se cayeron desplumadas y luego se fue en picada, sintiendo cómo su corazón bombeaba adrenalina a cada una de sus venas. Cerró los ojos, vio los cuernos de la bestia y se detuvo su caída.

Ahora estaba en una pieza pequeña cuyas paredes de cemento parecían encogerse progresivamente. Estaba sentado en una silla de madera que se encontraba en la mitad de aquel lugar y no había nada más. Al frente de él se encontraba una puerta cerrada. Sin embargo, había luz dentro de aquella pieza, una luz que provenía de la nada.
La puerta se abrió y cruzó el portal un hombre joven, tenía los bigotes negros y respingados. Usaba un traje elegante, pero se notaba que era barato. Cargaba un fusil en su espalda y llevaba unos papiros en sus bolsillos. Era Eugenio Lipponen.
Se levantó de su asiento y lo miró fijamente, la emoción se desbordaba por todos sus sentidos, sabía que todo era una farsa, pero aún así sentía que todo era real, al menos así lo sentía.
Lipponen lo miró severamente y dijo: - ¿Por qué no luchaste?, ¿Por qué te dejaste perder en los pasillos sin tiempo?
Miró desconcertado a Lipponen y le contestó: - Lo intenté, iba a decirle todo, yo, yo…
-Es demasiado tarde Alberto, tu realidad se ha truncado y tu destino ha sido modificado, ahora simplemente tienes que liberarte de tu propia carga. – Le respondió Lipponen.
Se echó a llorar mientras Lipponen se retiraba y cerraba la puerta tras de sí. La oscuridad llenó la pieza y las paredes se encogieron a tal punto que tuvo que ponerse en posición fetal. Tal vez era tiempo de renacer…
Al llegar a “Eugenio Lipponen” verificó que no hubiera ninguna luz delantera de alguna camioneta. Cruzó, entró al café, la vio sentada frente a una taza vacía y mirando por la ventana, se acercó a ella y puso una mano en su hombro. Ella no le dijo nada, él le tomó la mano.
Ipso facto entendió que efectivamente estaba soñando, pues aparecieron juntos -apenas tomó su mano- desnudos de pie en un dormitorio, al lado de la cama. Se miraban cara a cara. Él aprovechándose de que todo era un sueño, se le acercó, pero ella lo abofeteó y le dijo con voz resentida: - Tú creaste tus propios laberintos mentales Alberto, ahora tienes que liberarte de ellos.
No entendió qué quería decir con eso, pero ya que había fracasado en su intento de amar, decidió brindarse la libertad para manipular la realidad que lo circundaba: Quería volar. Saltó lo más que pudo y al estar suspendido en el aire, de su espalda surgieron dos alas de ángel.
Salió por la ventana y sobrevoló las calles de su vida, vio las luces que le saludaban y respiró el viento. Se sintió Dios. Entonces una daga se enterró en su espalda, sus alas se cayeron desplumadas y luego se fue en picada, sintiendo cómo su corazón bombeaba adrenalina a cada una de sus venas. Cerró los ojos, vio los cuernos de la bestia y se detuvo su caída.

Ahora estaba en una pieza pequeña cuyas paredes de cemento parecían encogerse progresivamente. Estaba sentado en una silla de madera que se encontraba en la mitad de aquel lugar y no había nada más. Al frente de él se encontraba una puerta cerrada. Sin embargo, había luz dentro de aquella pieza, una luz que provenía de la nada.
La puerta se abrió y cruzó el portal un hombre joven, tenía los bigotes negros y respingados. Usaba un traje elegante, pero se notaba que era barato. Cargaba un fusil en su espalda y llevaba unos papiros en sus bolsillos. Era Eugenio Lipponen.
Se levantó de su asiento y lo miró fijamente, la emoción se desbordaba por todos sus sentidos, sabía que todo era una farsa, pero aún así sentía que todo era real, al menos así lo sentía.
Lipponen lo miró severamente y dijo: - ¿Por qué no luchaste?, ¿Por qué te dejaste perder en los pasillos sin tiempo?
Miró desconcertado a Lipponen y le contestó: - Lo intenté, iba a decirle todo, yo, yo…
-Es demasiado tarde Alberto, tu realidad se ha truncado y tu destino ha sido modificado, ahora simplemente tienes que liberarte de tu propia carga. – Le respondió Lipponen.
Se echó a llorar mientras Lipponen se retiraba y cerraba la puerta tras de sí. La oscuridad llenó la pieza y las paredes se encogieron a tal punto que tuvo que ponerse en posición fetal. Tal vez era tiempo de renacer…
Un gran estudio…


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