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4/27/2006

Sentí que soñaba

Eugenio Lipponen
Eugenio Lipponen Galdámez, nació en 1877 en Ciudad de México, tiene ascendencia Finlandesa. Proviene de una familia luterana y por lo tanto con costumbres consecuentes tanto en la práctica como en la teoría.
Su abuelo, Waldemar Lipponen Figaredo, nació en 1835, viajó a México en 1852 en búsqueda de nuevas oportunidades económicas e instaló –con sus ahorros como pescador- una empresa textil en Ciudad de México. Ahí conoció a Margarita Nuñez Sagredo, con la cual se casó y tuvieron un hijo llamado Andrés Lipponen Nuñez, el que nació en 1854.
Andrés Lipponen continuó con la empresa textil de su padre y dedicó su vida a extender por todo México su negocio. Al cabo de unos años, económicamente los Lipponen prosperaban y Andrés conoció a Rosario Galdámez. Juntos tuvieron a Eugenio Lipponen Galdámez.
El padre de Eugenio quería que éste continuara con el negocio de su abuelo que con tanto esmero había hecho surgir. Sin embargo, Eugenio no quería tal destino, dejó su hogar en 1894 y comenzó a vivir de su poesía, la cual muchas veces no le generaba suficientes ingresos como para alimentarse o arrendar una pieza.
Lipponen en su poesía, en un principio, jugó mucho con la metáfora social y el sexo, gustaba de nombrar a la sociedad en sus poesías como el “erotismo masivo”. Sin embargo, para la época sus versos eran considerados escandalosos, burdos y de poco sentido estético. Lipponen se frustró y dejó de lado toda referencia sexual en sus poesías para escribir acerca de la vida de los campesinos y la vida de los soldados que constantemente “fallecían para defender la patria”. Ante algunas amenazas de muerte anónimas (seguramente por su giro político dentro de la poesía) Eugenio Lipponen huyó de la ciudad y se dirigió a Zacatecas, motivado a la vez por la excitación política de la época
[1].
Desde 1908 en adelante, Lipponen dedicaría puramente su poesía a la política, ensalzando la Revolución Mexicana como un deber patriota que debía ser cumplido por “las manos de México”, es decir, el pueblo. Sin embargo, moriría dos años después, luego de que decidiera unirse a las fuerzas revolucionarias mexicanas y le dispararan en la cabeza en la insurrección de Emiliano Zapata.
El legado de Lipponen no es muy conocido, pero es sumamente rico en términos de versos y de nuevos horizontes para los usos metafóricos. Sin embargo, muchas de sus obras se perdieron luego de su muerte. A pesar de todo su estilo y prosa política aún vive dentro de la memoria histórica.
La sangre de nuestros mártires
La tierra clama por justicia
Las voces de las plazas y las ventanas gritan
La historia proviene de un solo sentimiento

Mis hermanos, lucharemos por sus derechos
Venceremos a toda costa
Esa es nuestra misión

Fundaremos caminos de libertad
Compartiremos el sudor de nuestras manos
Nos juntaremos a tocar corridos
Y a ensalzar nuestra patria

Afirmaremos las riendas
Fijaremos la vista
Sostendremos nuestras armas
Y unidos resistiremos
Eugenio Lipponen
Alberto soltó el libro y una lágrima cayó de sus ojos, ya no podría emular a Eugenio Lipponen cuando estuviera sólo.

[1] Recordemos que en 1908 el dictador Porfirio Díaz declaró a un periodista Norteamericano que el pueblo Mexicano ya estaba preparado para una democracia y que no deseaba continuar en el poder.