.

11/21/2006

Sueño escuchando cellos


Aparecíamos con heridas en el pasillo de piedras. Ahí, junto a mí estaban dos perros, Igor Sedrront, quien –según la opinión de las mujeres- es el estudiante más “guapo” de nuestra generación, y nuestro profesor.
Estábamos haciendo un experimento. Sin embargo, cada vez que nos encontrábamos apunto de lograrlo o de conseguir algún tipo de resultado, aparecíamos más golpeados en el pasillo de piedra, todos de pie, sin saber cómo llegábamos hasta ahí. Sin memoria, sin recuerdos.
Entonces caminábamos adoloridos al laboratorio, mientras el profesor gritaba a los cuatro vientos que esta situación le parecía brutal, macabra y que no entendía cómo alguien podía jugar tanto con nuestras mentes, justo cada vez que estábamos a punto de lograr el importante experimento. “Tal vez es un líquido que nos hace perder la memoria y alguien nos lleva a todos hasta el pasillo”, pensé.
En el laboratorio el profesor siempre preguntaba por su pequeño perro de pelo blanco, el cual siempre estaba medio muerto sobre el sillón. Además, ahí nos encontrábamos con el gato blanco y el gato negro, quienes cada vez que aparecíamos en el pasillo de piedras, se volvían más violentos. Se arañaban sus cabezas, las cuales después de cada aparición, estaban más llenas de pinchazos.
Recogíamos el desorden, limpiábamos la sangre de las heridas de los animales y sin aviso, sin una señal, sin un razonamiento o imagen visual que nos llamara la atención; aparecíamos los perros, Sedrront, el profesor y yo, golpeados con cada vez más sangre manando de nuestras llagas, de pie, mirando la puerta del laboratorio al final del pasillo de piedras. Entonces pensé: “Tal vez nosotros somos los conejillos de indias”.